Esta mañana lamentamos el fallecimiento de la querida tía de Abel y David Segarra quien finalmente sucumbió a la enfermedad que arrastraba, pero estamos convencidos y nos gozamos de que ahora ya se encuentra en la presencia del Señor. Atras queda toda una obra que podrá poner en sus pies. Empezamos el año con una despedida, aunque esperamos que sea temporal. Nuestro hermano Tito marcha a su país, Bolivia, a visitar a su familia después de mucho tiempo. Nos alegramos también hoy de tener entre nosotros a Maria Eugénia, hermana de Sofi, quien trae saludos de la Iglesia que se reune en Ciudad Real. Esta mañana el ministerio ha venido de la mano de nuestro hermano y anciano Carlos Serra Puig.
LA ORACIÓN
Los discípulos pidieron al Señor que les enseñara a Orar. La oración, como todo aquello que ha de salir bien, requiere pues disciplina. La oración no es cualquier cosa que nos podamos tomar a la ligera. Es tan importante que el mismo Señor Jesucristo le dedicaba largas horas.
En Mateo 14:23 y Lucas 5:16 nos dice que el Señor que subió al monte a orar a parte. La oración requiere momentos de soledad y comunión con Dios en un lugar apartado. Debemos reservar a diario nuestro tiempo para estar a solas con el Señor y así poder abrirle nuestro corazón.
Marcos nos dice que el Señor se postró en tierra y oró. La oración también requiere reverencia y humildad delante de Dios. No podemos acercarnos a Él con Espíritu altivo, orgulloso o arrogante.
Lucas también nos dice que el rostro del Señor se transformó mientras oraba. Si queremos ser imagen de aquel que nos ha salvado debemos también de dedicar nuestro tiempo a la oración. No hay otra manera de ser transformados de Gloria en Gloria despojándonos de nuestra vieja naturaleza conforme a sus vicios y pecados y así poder vestirnos de la nueva conforme a la persona de Cristo.
Todos en la vida somos tentados en un momento u otro. Una de las mejores armas para combatirla es la oración. Sin ella, sin duda, sucumbiremos fácilmente. Pero orar no debe convertirse en un amuleto de la suerte. De nada sirve recitar unas palabras que no sentimos o no entendemos. La oración es verdadero dialogo con Dios, no de igual a igual, sino de hombre (criatura) a Dios (Creador y Señor nuestro).
Es necesario entonces reflexionar y preguntarnos por qué oramos tan poco si la oración es fuerte de tanta bendición. No nos engañemos, no habrá vidas de victoria sin oración. Lo primero que deberíamos hacer al levantarnos cada mañana es presentarnos delante del Señor. No temamos, Dios no se cansa de escucharnos y no necesita que sigamos ningún ritual que abra sus oídos.
La oración puede surgir de muchas formas: Podemos orarle "telegráficamente" en medio de toda circunstancia. Él no rechazará nuestra petición de ayuda. Pero no olvidemos que el Señor no solo es un servicio "112" de emergencia, es alguien más. Él también está dispuesto a conversar con nosotros de la misma forma que un padre habla con sus hijos ¿estamos dispuestos ha hablarle como un hijo a su padre? Nunca deberíamos utilizar el nombre de Dios en vano. A causa de esto muchos han abandonado la fe y muchos otros no se acercan a ella. Tenemos confianza para acercarnos a Dios pero nunca deberíamos perder el respeto, reverencia y sujeción que le deben sus hijos.
La oración puede ser más poderosa si nos reunimos en mayor número. Pero lo más importante sigue siendo nuestra motivación y que el Señor esté en medio nuestro. Quizá con cierta frecuencia, el Señor no puede entrar en nuestras reuniones de oración porque nuestra comunión con Él ha sido casi nula todo el tiempo que pasó desde la última vez que pisamos la iglesia. Otro obstáculo con el cual nos encontramos es la falta de amor entre los creyentes. No podemos levantar una sola palabra al cielo si no somos capaces de perdonarnos los unos a los otros. Otro obstáculo que impide la oración en nuestras vidas son las "distracciones". Ha menudo llenamos tanto nuestros corazones de tantos afanes que nos cuesta horrores olvidarnos de ellos, aunque solo sea momentaneamente, y así poder concentrarnos en tener comunión con el Señor. Oremos pues para que el Señor nos enseñe a orar.
