Hoy ha sido un día fecundo en diversidad de contenidos en nuestras reuniones. Esta mañana el coro ha tenido la última actuación de la presente temporada. Damos gracias al Señor por su ministerio entre nosotros, especialmente a David Sanjulián, su director.
Por la tarde hemos tenido una reunión llevada por nuestros hermanos inmigrantes. Damos también gracias al Señor por su presencia entre nosotros y por su fidelidad y compromiso con la iglesia. Agradecemos especialmente la labor de Alfredo y Nelsi en la organización de este evento.
El ministerio de esta mañana ha corrido a cargo de nuestro hermano y anciano Carlos Serra P. Partiendo del texto recogido en Génesis 3:8. Observando este episodio de la vida de Adán y Eve hemos aprendido la necesidad de reflexionar acerca de nuestros actos. Hoy tenemos las Escrituras para oscultar nuestro corazón, y así poder abrir nuestro corazón al Señor Jesucristo.
Tal y como leemos, en el Edén Dios buscaba a Adán y a Eva, pero hoy continúa haciéndolo, aunque esta vez a quien busca es a nosotros mismos. Lamentablemente la historia se repite. Continuamos ocultándonos, continuamos viviendo con el miedo que acarrea inevitablemente el pecado. Igual que hicieron nuestros padres, seguimos fabricándonos diversos "vestidos" para ocultar nuestra verdadera naturaleza de pecado.
Hoy rendimos culto a muchas cosas, entre ellas lo material y el mismo cuerpo. Haciendo esto tratamos de esquivar nuestra responsabilidad con Dios, queremos ignorar que también somos seres espirituales, ya que finalmente será nuestra alma la que tendrá que rendir cuentas a Dios. Es necesario que mediante el Sacrificio de nuestro Señor en la Cruz nos reconciliemos con Él. El Señor Jesucristo toma allí nuestro pecado y hace posible la reconciliación por su sangre vertida en favor nuestro. Es entonces en el Señor Jesucristo que podemos encontrarnos a nosotros mismos. Hoy, Él sigue siendo el único que puede rehacer nuestras vidas. Solo Él nos puede ofrecer "el agua de vida" que puede saciar nuestra sed existencial.
Aunque no nos gusta pensar en ella, la muerte es una realidad que nos persigue toda la vida hasta que nos alcanza. Es nuestro último enemigo en esta vida, y sabemos que vencerá. Ello nos hace vivir temiendola constantemente, a pesar de nuestros esfuerzos por ignorárla. Pero el Señor Jesucristo, en su amor por nosotros, no solo nos libró del pecado, también venció la muerte resucitando al tercer día. El Señor Jesucristo supo lo que es la muerte de primera mano, no solo cuando él mismo la gusto, también cuando perdió a su amigo Lázaro. A quien no solo resucitó, también lloró experimentando el dolor de la pérdida de un ser querido.
La muerte es el destino final del camino que emprendemos al nacer. Es el fruto lógico del pecado. Pero hay una posibilidad de salirnos de él y emprender uno nuevo, pero para ello debemos tener fe. Sin ella no podremos la Gloria de Dios, nuestro Señor Jesucristo, pués Él es nuestro nuevo camino, el único que nos puede salvar.
