El Señor no solo vino a traer paz,
también conflicto. Conflicto que surge en el círculo más íntimo del ser
humano:”La familia”.
Esta es sin duda una de las grandes
paradojas de Cristo. Quien nos da la verdadera Paz por un lado, pero por el
otro provoca un conflicto inesperado. El conflicto surge de la inmensa
necesidad que tiene el ser humano de amar y ser amado por Dios. El amor de Dios
rompe todos nuestros esquemas porque se erige como el amor supremo que debe
subyugar y dominar todo otro tipo de relación por estrecha que sea.
Damos el amor por medida, a unos les
amamos en una medida, y a otros en otra. Sin duda, cualquier persona que exija
que se le ame más que a su propio hijo, pretende provocar un conflicto
familiar. Sin embargo, Dios si tiene derecho
a demandarnos un amor mayor que los demás.
Tiene derecho a hacerlo no solo por ser Dios, sino porque nadie nos ama
más que Él. Prueba de ello es el amor de Cristo que emana de la cruz.
En nuestra existencia no podemos evitar
los conflictos. O tenemos un conflicto con Dios, o lo tenemos con nuestros
seres más queridos. El amor a tu familia no puede anular tu deber de honrar a
Dios. Cualquier amor que podamos dar a nuestra familia, si es mayor que el amor
que damos a Dios, terminará intoxicándonos a nosotros y a ellos. Sin embargo,
si el mayor amor es hacia nuestro Dios, todos nuestros seres más queridos serán
partícipes beneficiarios del mismo.
Nada nos dignificará más que negarnos a
nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguir a Cristo. Aunque ello suponga
crear un conflicto, nada traerá más honra a todos aquellos que nos rodean.